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Clásica - Publicado el 24 de marzo de 2014 | Ambroisie - naïve

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Música sinfónica - Publicado el 30 de noviembre de 2018 | Aparté

Hi-Res Libreto Premios 4F de Télérama
Las cuatro Naciones de François Couperin (que solemos llamar «el Grande») son respectivamente Francia, España, el Imperio y el Piamonte –es decir, Italia– pero buscaríamos acaso en vano características realmente nacionales en cada uno de los movimientos de estas cuatro suites. Y máxime cuando varias piezas de tal o cual nación fueron compuestas mucho antes de la publicación en 1726 de esta recopilación, y cambiaron sencillamente de nombre… Sí, el estilo francés por una parte, y el lenguaje más italianizante por otra, están presentes en los treinta y seis movimientos que componen las Naciones en su totalidad, pero con numerosas interpolaciones que, de hecho, convierten la obra en una suerte de recopilación europea muy variopinta. Como mucho, España tiene algunos –pocos– giros realmente ibéricos, que detectaremos ¡con tal de tener una lupa! Christophe Rousset y sus Talens Lyriques interpretan estos «tríos» con alegría y respeto, sabiendo perfectamente que el término «trío», en esta época, no necesariamente implica solo a tres músicos; en realidad, las partes melódicas se distribuyen entre dos oboes, dos flautas y dos violines, conjuntamente o en alternancia, mientras el fagot, el clavecín, la viola da gamba y la tiorba tocan el continuo, aquí también, conjuntamente o en diversas combinaciones según la textura musical requerida. Los treinta y seis movimientos pueden así revelar su inmensa riqueza, su compleja variedad y los contrastes que Couperin atribuyó a estas diversas naciones. © SM/Qobuz
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Clásica - Publicado el 7 de junio de 2019 | Aparté

Hi-Res Libreto
Mientras la capital francesa ninguneaba a Mozart, Antonio Salieri recibía encargos de la Académie Royale de Musique (la Ópera de París), colaboración fructífera luego arrancada de cuajo por la Revolución. Tras el éxito de su obra Les Danaïdes, compuesta para París en 1784, Salieri trabajó sin descanso con Beaumarchais −que disfrutaba del triunfo y escándalo de su Fígaro− sobre un nuevo proyecto que se convertiría en Tarare. Sin la más mínima vergüenza, Beaumarchais protagonizó la asociación con Salieri y organizaba astutamente su autopromoción: controlaba los ensayos imponiendo a la orquesta un constante pianissimo para que sus versos prevalecieran sobre los sonidos. De hecho, encontraba la música demasiado importante cuando su único papel hubiera tenido que consistir en «embellecer la palabra». Creado un año después de Las Bodas de Fígaro de Mozart –ópera moderadamente apreciada en Viena antes de triunfar en Praga−, Tarare tuvo un inmenso éxito parisino y pudo mantenerse en el repertorio a pesar de las turbulencias políticas, antes de caer en un olvido definitivo hacia 1826. El libreto de Beaumarchais fue inmediatamente adaptado en italiano por… Lorenzo Da Ponte, y la ópera se representó con igual éxito en Viena. Mitad opéra-comique, mitad tragedia-lírica, Tarare está sazonado con un cierto orientalismo. Tras resucitar Les Danaïdes y Les Horaces, Christophe Rousset finaliza el ciclo de sus grabaciones dedicadas a las óperas escritas en francés por Salieri para el público parisino. Tarare pertenece de lleno a su siglo, el de las Luces, al utilizar el poder de las artes para luchar contra el despotismo en todas sus manifestaciones. Gracias a su excelente reparto y a la vivacidad de la dirección de Christophe Rousset, esta grabación permite juzgar sin intermediario y evaluar cabalmente el abismo que separa a un honesto músico de un genio solitario y solar como Mozart. © François Hudry/Qobuz