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Classique - Publicado el 7 de junio de 2019 | Accentus Music

Hi-Res Libreto
¡Vaya acontecimiento! Gran intérprete de las sinfonías de Anton Bruckner (aéreas las Sinfonías 4 y 7 en Dresde datando de los años 1970, sutil la Sexta en San Francisco para Decca, integral con la Gewandhaus durante los últimos años para el sello Querstand), Herbert Blomstedt nos vuelve aquí, en el podio de los Bamberger Symphoniker, con una Novena de Mahler. Y mucho cuidado, huele a azufre: algo profundamente enfermo corroe esta música. Blomstedt parece interesarse ante todo por lo intrínsecamente nuevo en el universo sonoro de Mahler; analiza cuidadosamente las aleaciones instrumentales, subraya la «fealdad» o todo lo que molesta, potencia todos los rasgos rudos de la escritura y el carácter desatado de los intercambios entre los pupitres −la cuerda, el metal, la madera− (Im Tempo eines gemächlichen Ländlers); incluso el lirismo pasa por el bisturí del director (episodio central del Rondo-Burleske). ¿Dónde estamos? ¿Adónde nos lleva? Un mundo totalmente nuevo florece aquí, ineluctablemente, más aún cuando Blomstedt mantiene a lo largo de la sinfonía unos tempos muy moderados, para que podamos vivirlo todo, con intensidad, en el instante: el final del Rondo-Burleske se convierte en un primer cataclismo. La sinfonía podría acabar aquí. Llega luego, un Adagio, enorme, de veinticinco minutos, y nos damos cuenta que esta música no fue nunca tan morbosa, tan triste. Se apagan los colores, incluso se borran los timbres, inexorablemente, y los entrelazados polifónicos se desvanecen. Las emociones se esfuman también. Con esta Novena, grabada en junio de 2018 en la Joseph-Keilberth-Saal del Konzerthalle de Bamberg, Herbert Blomstedt vuelve a lo que, finalmente, define a Mahler : la dimensión abstracta. No existen ni el amor –místico, cósmico o humano– ni siquiera la esperanza. Se evaporó el siglo XIX de Bruckner. Fascinante. © Pierre-Yves Lascar/Qobuz