Aunque celebró sus 30 años de trayectoria en octubre de 2017, en el Rex Club de París, Qobuz sigue el itinerario de Laurent Garnier, pionero de la escena electrónica francesa que lleva tres décadas luchando para sacar del ostracismo una música repudiada por los medios y las instituciones. Una mirada a la carrera de un luchador.

Luchar, combatir, guerrear… Al preguntar a Laurent Garnier por su recorrido artístico, este recurre constantemente a expresiones de connotaciones militares. Pero la recurrencia a ese campo semántico tiene su razón de ser, puesto que viene dedicándose a dar a conocer la música electrónica, contra viento y marea, desde el año 1987. Por entonces solo era un franchute residente en Manchester, que trabajaba en el ámbito de la restauración y grababa innumerables cassettes de mezclas, que finalmente acabarían llamando la atención de Tony Wilson, manager de Joy Division, fundador de Factory Records y jefazo del mítico club Hacienda, uno de los centros de irradiación del house en las islas británicas. Tras operar al otro lado del charco con el pseudónimo de DJ Pedro, consigue abrirse un hueco en Francia suministrando desde los platos de clubs parisinos como La Loco, La Luna, Le Boy o Le Palace, un potente conglomerado de disco music, funk y hi-NRG. Y también de house, nuevo estilo llegado de Chicago y Nueva York. Estamos a finales de los 80, cuando comienzan a celebrarse las primeras raves del Hexágono oficiadas por DJ’s como Jérôme Pacman, así como las fiestas organizadas por Manu Casana y Luc Bertagnol en La Défense, el Fort de Champigny o Mozinor (Montreuil). Pero Garnier, integrado en el circuito de “clubs gays camuflados”, no es invitado a participar. «Nunca pinchaba en raves. Como era DJ de clubs gays no me llamaban. La gente ya no se acuerda, pero al principio las cosas no fueron fáciles. En serio. Hubo un tiempo en que parecía que yo debía probar algo, y los tíos me miraban como diciendo: “Bueno, demuestrános lo que vales Porque nuestro rollo es underground y el tuyo comercial.”» Fue el primer muro con que se toparía, pero supo rodearlo.

Y sin apenas problemas: mientras la escena rave se orienta a las free parties y a una música cada vez más extrema por vía de colectivos de DJ’s como Heretik, Laurent Garnier se suma al despliegue de la música electrónica en los clubs y sube de categoría al instalarse en 1992 tras los platos del Rex Club de París. Y durante sus sesiones Wake Up invita –a menudo por primera vez– a los pioneros del techno y del house anglosajón (Juan Atkins, Jeff Mills, Carl Craig, Carl Cox…). Y entre el público tiene a gente como Pedro Winter, que diez años después fundará el sello Ed Banger (Justice, Breakbot…) o Thomas Bangalter, futuro Daft Punk, y a muchos adolescentes deseosos de aprender con rapidez la bases de la nueva cultura musical. Dos años más tarde, en 1994, lanza junto a Eric Morand el sello F Communications, que ayudará al desarrollo de una escena que enseguida será conocida como French Touch, simbolizada por el éxito del Homework de Daft Punk, tres años después. Pero Garnier debe batallar primeramente contra los prejuicios que rodean la música francesa, en especial por parte de distribuidores y sellos extranjeros. «Antes de Daft Punk la música electrónica se consideraba un tanto radical, no se sabe muy bien por qué. Recuerdo que Éric y yo fuimos a Nueva York para promocionar nuestros discos y el capo del sello Nervous Records se nos echó encima gritando: “Los franceses sabéis hacer perfumes y queso, pero estáis negados para la música.” Pero logramos entrar en la escena estadounidense gracias a Acid Eiffel, lanzado a la vez por Fragile Records, la discográfica de Derrick May, y por Fnac Music. Como a Derrick May le había gustado todos se vieron obligados a cambiar de opinión. Se vendían más ejemplares de la versión Fragile que de la de Fnac Music, pese a tratarse del mismo disco… ¡Ahora parece absurdo, pero en aquel momento la situación resultaba un tanto violenta!».

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