Maria Callas habría cumplido hoy 100 años. Se ha escrito tanto sobre esta mujer excepcional que falleció demasiado pronto. Ha pasado tanto tiempo, ¿qué queda de todos sus recuerdos en 2023? Un mito, un sueño: el de una diva cuya fama se extendió mucho más allá del mundo de la ópera.

Conmemoramos a una artista extraordinaria que tuvo un destino trágico, una mujer con una voz, un carisma y una presencia escénica que tenían el poder de suscitar un entusiasmo e histeria entre multitudes de aficionados, pero también de hacer amar la ópera a quienes se creían alejados de ella. Afortunadamente, el apogeo del “fenómeno Callas” coincidió con la llegada del LP, y hoy encontramos un vasto catálogo, grabado en su mayoría por EMI, remasterizado y reeditado por Warner en los últimos años; por no hablar del abundante número de discos no oficiales y bootlegs que atestiguan la memoria de esta “diva absoluta”.

Todavía estaba en el vientre de su madre cuando Maria Callas (nacida Maria Kalogeropoulos) hizo su primer viaje, en barco desde Grecia a Estados Unidos, para nacer en Nueva York el 2 de diciembre de 1923. Creció en una familia dividida, con un padre voluble y ausente y una madre frustrada, Evangelina, que depositó en su hija todas sus decepcionadas esperanzas de fama y éxito. En 1937 Evangelina decidió regresar a Grecia, sin su marido, donde se instaló con sus dos hijas. No podía sino alegrarse del placer que su hija sentía al cantar, con una voz de rara calidad para su edad. Esta niña, tan introvertida, regordeta y muy corta de vista, parecía encontrar en el canto un remedio para su timidez. María tenía casi catorce años, pero pronto se confirmó el carácter excepcional de su talento: su destino ya estaba sellado.

Esta cascada de sonidos, no del todo controlados, pero llenos de sueños y emociones

Admitida en el Conservatorio de Atenas, Callas tuvo un primer encuentro crucial: Elvira De Hidalgo. Esta antigua soprano española, convertida en profesora de canto, quedó cautivada por “esta cascada de sonidos, no del todo controlados, pero llenos de sueños y emociones”. Su tarea consistía en canalizar la “enorme y escurridiza materia vocal” de María. Le enseñó a esta adicta al trabajo a controlar su voz, o más bien sus tres voces: la voz grave del violonchelo, la voz media del violín y la voz aguda de la flauta. A través del estudio, María aprendió a dominar su voz, convirtiéndola en un instrumento que respondía a su voluntad, capaz de los matices más sutiles y de un Ámbito excepcional, con una extensión de casi tres octavas. A los 17 años, en 1941, debutó profesionalmente en Atenas, en Tosca. Tras la guerra, Callas viajó a Estados Unidos en busca de su padre, pero en su país natal no conseguía llegar a fin de mes. Fue contratada en Italia, tras una audición, para el papel principal de La Gioconda, de Ponchielli, en la Arena de Verona, donde debutó el 3 de agosto de 1974. Fue su primera gran oportunidad.

De Italia al resto del mundo

Por fin su carrera despega, acompañada por dos hombres que le ofrecen el apoyo necesario: el burgués Giovanni Battista Meneghini, que, treinta años mayor que ella, la toma bajo su protección convirtiéndose en su empresario antes de casarse con ella en 1949; y el director de orquesta Tullio Serafin, que se convierte en su mentor. En agosto de 1952 La Gioconda fue además su primera grabación completa. Tras su encuentro en Verona, Tullio Serafin se esforzó por conseguir más compromisos en Italia para su nueva protegida, especialmente en el repertorio de soprano spinto y dramático. La joven artista no recibió una aclamación unánime, muchos le reprocharon un sonido ronco y desigual, pero su dominio técnico, su capacidad para modular sin cesar el sonido y sus instintos dramáticos acabaron por convencer al público.

Pero fue también y sobre todo la Norma de Bellini la que la consagró. Su actuación en Londres en 1952 contribuyó a sellar su amor con el público londinense, que la acogió con entusiasmo (muy poco british). La propia Norma le abrió finalmente las puertas de Estados Unidos, con un triunfal debut oficial en Chicago en 1954.

Mientras tanto, la Scala de Milán se resistía a ponerle la alfombra roja. Sus detractores afirmaban que su voz era “imposible”, contraponiéndola artificialmente a la de Renata Tebaldi, que tenía un timbre redondo y cálido. Para sustituir a Tebaldi, Maria Callas debutó en la Scala en 1950, un debut tímido y mal recibido. Pero en 1951, abrió la temporada con I Vespri Siciliani de Verdi y fue un verdadero triunfo, por no hablar del año siguiente con su Lady Macbeth, para la que Verdi buscaba una soprano “capaz de emitir sonidos casi diabólicos”.

Alrededor de ella se reunieron grandes personalidades de prestigio, tanto en la Scala como bajo los auspicios de Walter Legge, el todopoderoso productor de EMI que ahora tomaba en sus manos su destino discográfico. El legendario Herbert von Karajan estaba encantado. “Por ella habría dirigido cualquier cosa, buscaba la relación absoluta entre las palabras, la música y el gesto”. Grabó con él una impactante Madama Butterfly, pero también una Leonora de Il Trovatore, a la que devolvió todo su bello canto. Fue en La Scala donde en 1953 grabó uno de los discos que la harían famosa para millones de oyentes, Tosca, en una versión que sigue siendo hoy una referencia.

La diva

Con Il Turco in Italia, Callas inauguró una colaboración con Luchino Visconti que llevaría a ambos a su cima artística. El director, fascinado, trabajó con sus gestos, revelando sus instintos dramáticos, dirigiéndola en La Scala en La Vestale, La Sonnambula, Anna Bolena, Ifigenia en Tauride, todas óperas olvidadas que ella ayudó a redescubrir, y finalmente en mayo de 1955, en la “Traviata del secolo”. Fue de nuevo un papel en el que dejó una huella indeleble, tan abrumadora que parecía “parecer cansada”. “Pero ésa es exactamente la impresión que intento crear”, declaró. “En su estado actual, ¿podría Violetta cantar con una voz aguda, redonda y poderosa? Sería ridículo”.

La musa de Visconti nunca dejó de sorprender: descontenta con su aspecto, esta mujer alta y fuerte se obligó a perder más de treinta kilos entre 1953 y 1954. Su nueva silueta atrajo el interés de los diseñadores de moda, entre otros. La soprano construyó una nueva imagen mediática, convirtiéndose en una personalidad internacional cuya fama iba mucho más allá del mundo de la ópera. Los escándalos y las habladurías se multiplicaron, sobre todo cuando se introdujo en el mundo de la jet set que, esta joven nacida en el seno de una familia modesta, descubrió con asombro. Y fue allí donde conoció a un personaje tan deslumbrante como seductor, el multimillonario armador Aristóteles Onassis, griego como ella. Conocemos bien el destino de este enlace: tras un crucero en el yate Christina O en el verano de 1959, Callas se separó de su marido para vivir una vida de lujo con su amante, antes de descubrir las infidelidades de “Ari” a partir de 1963, quien más tarde se casaría con la viuda Kennedy en 1968. No obstante, Callas siempre le profesaría devoción.

Maria Callas
Maria Callas, Venedig, 1950 (Photo by Archivio Cameraphoto Epoche/Getty Images)

Entretanto, la cantante inició una retirada gradual de la escena operística, coincidiendo con un aumento de sus debilidades vocales, largamente debatidas: problemas de nerviosismo, problemas respiratorios relacionados con la pérdida de peso, carácter autodestructivo, papeles demasiado exigentes... la lista es larga. Maria se despidió de los escenarios en Londres, con una Tosca dirigida por Zeffirelli en 1965. Por otro lado, el recital ocuparía siempre un lugar destacado en su carrera, y le permitió, entre otras cosas, abordar repertorios que nunca interpretaría sobre un escenario.

En 1954 en Londres bajo la dirección de Tullio Serafin, Callas ya había grabado dos recitales perfectamente elaborados: Puccini arias e Lyric & coloratura arias. En 1958 grabó un Recital Verdi que incluía una Lady Macbeth que nunca grabó en su totalidad, así como unas impresionantes “Escenas de locura”.


Retiro en Francia

En 1961 se instaló en París, donde hizo felices a los espectadores de la Ópera y del Teatro de Champs-Elysées. Puso toda la energía que le quedaba al servicio de un público que le brindó una acogida inolvidable. Al mismo tiempo descubre la música francesa gracias a su encuentro con Georges Prêtre, con quien entabla una gran amistad. Con él grabó dos importantes recitales de arias francesas, dibujando, a pesar de su fragilidad física, asombrosos retratos musicales de Manon, Charlotte o Marguerite, antes de inmortalizar en 1964 una Carmen tan emocionante que muchos lamentaron que nunca hubiera querido interpretarla en escena.

El final de su vida y de su carrera estuvo precedido por una serie de proyectos fallidos. Dio algunas clases de interpretación en la Juilliard School de Nueva York antes de irse de gira con Giuseppe Di Stefano en 1974, una gira que fue muy bien recibida pero durante la cual su voz la traicionó. Nunca volvió a subirse a un escenario y pasó sus últimos años recluida en su piso de París antes de morir el 16 de septiembre de 1977.

Muchas de sus grabaciones siguen siendo hoy en día obras de referencia. Al igual que su amiga Elisabeth Schwarzkopf o Dietrich Fischer-Dieskau, Maria Callas encarnaba una cierta ética del canto. Para ella no se trataba tanto de recuperar la importancia de la interpretación en escena como de hacer de la ópera un todo coherente, buscando en la partitura el sentido mismo del drama, con cada acento y cada gesto escénico encontrando su razón de ser en la música. Por eso, aunque existan muy pocas grabaciones en vídeo de Callas, su legado discográfico representa un patrimonio insustituible. © Julia Le Brun/Qobuz